Retomamos la historia exactamente donde la dejamos.
Kenji comió con calma. El arroz con pollo estaba frío, como siempre pasa en las prisiones de alta seguridad, pero él había comido cosas mucho peores en lugares mucho más hostiles. Cada bocado era una ceremonia, un ejercicio de disciplina que no estaba listo para abandonar.
Pero sus ojos no dejaban de escanear el patio.
A través de la ventana de vidrio polarizado, vio a El Tanque caminando rápido por la yarda, con sus tres secuaces renqueando detrás de él como soldados heridos. Iban directo hacia un grupo de hombres que se reunía en el muro más alejado, lejos de las cámaras. Un grupo que no había estado ahí minutos antes.
El Tanque iba a buscar refuerzos.
Y no era estúpido: iba al lugar correcto.
Kenji soltó un suspiro casi imperceptible. Había esperado esto. De alguna manera, lo había sabido desde el momento en que el matón se había parado frente a su mesa. Esto nunca iba a terminar con una sola pelea.
The rest of the room was buzzing with whispers. Kenji could hear fragments of conversation from the tables around him:
—…¿viste lo que hizo?
—…nunca vi a nadie moverse así…
—…dizque es un tipo peligroso, traído de otra prisión de máxima seguridad…
—…no es de aquí, eso seguro…
Kenji dejó que hablaran. De todos modos, cuando se trata de prisioneros, los rumores siempre son más extraños que la verdad.
—Oye.
La voz era suave, femenina. Kenji levantó la vista y encontró a una mujer de unos cuarenta años, uniforme de cocina, ojos cansados. No era una prisionera. Trabajaba aquí.
—¿Sí? —preguntó Kenji con cortesía.
La mujer se acercó un poco más, baja la voz:
—Yo sé quién eres. Vine de otra prisión donde te tuvieron recluido.
Kenji parpadeó, pero no mostró reacción. Había aprendido a ocultar las emociones muchos años atrás.
—¿De verdad?
—Sé que no te llamas “Kenji Tanaka” —susurró ella, rápida—. Sé tu verdadero nombre, sé lo que hiciste. Y no me asusta —sus labios se apretaron en una línea dura—. Sí me asusta el tipo al que acabas de humillar. Se llama Reyes, pero lo apodan El Tanque porque es un tanque. Su hermano mayor es jefe de la banda del MS-13 aquí adentro. Si él no puede matarte, te van a apuñalar mientras duermes.
Kenji agradeció con un gesto de cabeza, aunque el dato no era realmente nuevo. Ya había visto al hermano de El Tanque. Ya lo había identificado.
Pero apreciaba la advertencia. Significaba que no todos en este lugar eran monstruos.
—Gracias por el aviso —dijo, y su voz sonó genuinamente cálida—. Pero no necesito que te preocupes por mí.
La mujer lo observó con intensa extrañeza, casi con tristeza. Luego sacudió la cabeza, murmurando algo que Kenji no alcanzó a escuchar, y se alejó.
Kenji terminó su comida en silencio.
Veinte minutos después, los altavoces anunciaron que el comedor iba a cerrar. Los presos comenzaron a levantarse, a devolver sus bandejas, a dirigirse al patio principal para la hora de recreo. Kenji tardó solo unos segundos en recoger su lugar y unirse a la corriente humana que avanzaba hacia la puerta.
Pero apenas puso un pie fuera, sintió que algo en el ambiente había cambiado.
El patio estaba lleno de gente, más de la que esperaba para un martes a las tres de la tarde. Los grupos de pandilleros se agrupaban en círculos cerrados, alrededor de unas zonas específicas. Recorrió con la vista los muros, los guardias en las torres, las cámaras.
Y entonces los vio.
Eran más de quince. Armados con puños, cuchillos improvisados, una barra de acero que alguien debía haber fabricado en la fundición. Todos mirándolo con la intensidad de quien ha esperado este momento mucho tiempo.
En el centro estaba El Tanque. No sonreía. Ya no tenía la estúpida actitud de superioridad del comedor. En su lugar, reflejaba pura rabia y odio.
—Te dije que esto no se iba a quedar así —gruñó El Tanque, señalándolo con una mano—. Ahora sí que no te salvas, pendejo. Nadie va a hacer nada por ti.
Kenji mordió el interior de su mejilla, evaluando la situación con rapidez. Quince contra uno. Más los refuerzos que pudieran estar escondidos. Las cámaras apuntando hacia aquí, así que probablemente no habría intervención de los guardias hasta que fuera demasiado tarde.
El riesgo era alto.
Pero había una salida.
Había visto el punto débil en la formación apenas tomó posición. Los grupos que se cerraban hacia ambos lados, tratando de rodearlo, pero dejando un espacio visible en la parte trasera. Debajo de la barranquilla, cerca del desagüe de aguas pluviales. Un agujero en el perímetro de la pandilla, pequeño, pero suficiente para pasar.
Podía huir. Podía esquivarlos, correr hacia ese agujero, y ganar tiempo hasta que los guardias reaccionaran.
Pero entonces todo el patio sabría que le tenía miedo. Que era humano. Y en prisión, la reputación lo es todo.
Kenji respiró hondo.
Recordó las palabras del maestro Wong, en aquel templo medio destruido en la provincia de Yunnan: “El dragón no pelea con el tigre porque sabe que la pelea del tigre es pelear. La pelea del dragón es elegir el campo de batalla.”
No había tiempo para elegir otro campo de batalla.
Así que iba a convertir este patio en su campo de batalla.
—Quince hombres —dijo Kenji, y era difícil saber si estaba hablando con él o con ellos—. Quince hombres armados contra uno. Eso no parece una pelea, sino una masacre.
El Tanque rio mientras se movía hacia adelante, sus secuaces siguiéndolo como una manada de lobos hambrientos.
—Exacto. Y tú eres el que va a ser masacrado.
Kenji sonrió de nuevo, pero esta vez la sonrisa llegó a sus ojos. Y fue esa sonrisa la que le dio pelo de punta al más viejo de los pandilleros, un veterano que había visto muchas peleas callejeras y nunca le había temblado el pulso.
Porque había sonrisas que son solo gestos. Y había sonrisas que eran ventanas al infierno.
—Tú crees que sabes lo que es una masacre —dijo Kenji, bajando la voz, tantas veces que lo que dijo fue apenas susurro que solo sus oídos pudieron escuchar—. Dime, ¿qué número eres entre los quince? Porque lo único que hago antes de romperte algo es contar.
El Tanque frunció el ceño, confundido.
Un segundo después, ya era demasiado tarde.
Kenji arrancó a correr directamente hacia el frente en un movimiento que era más un deslizamiento que una carrera. Su cuerpo parecía no tocar el suelo, su torso bajo como si fuera la cabeza de un lince atacando.
El primer pandillero que se cruzó fue un ex militar con tatuajes de lágrimas en el rostro. Levantó la barra de acero para golpear y encontró los dedos de Kenji cerrando su muñeca por el costado. Un giro brusco, una presión exacta, y la barra estaba en manos del recién llegado, y el brazo del militar se había roto como astilla.
Un grito. Un cuerpo que cae.
El segundo intentó atacar por detrás, con un cuchillo en la mano. Kenji se sacó la camiseta con un movimiento supuestamente casual, y la tela se enrolló alrededor del brazo del atacante, cerrando el agarre del tipo y deteniendo el filo en el aire. Un tirón hacia abajo, una rodilla que se elevó encontrando mentón, y otro cuerpo se convirtió en mierda.
Los tres siguientes venían rápido, en un intento de abrumarlo. Kenji los evaluó en un segundo: el liderazgo de la manada estaba en el centro del trío.
Movió la barra de acero con la precisión de un director de orquesta. El primer golpe barrió las piernas de los dos de los lados, haciéndolos caer pesadamente. El tercero recibió el extremo de la barra en la cara, y su nariz se rompió con un sonido que otros no pudieron escuchar por el ruido del caos.
Hasta aquí, nadie podía creer lo que estaban viendo.
Pero faltaban los demás.
Kenji no había sido nombrado “El Fantasma” en las montañas por su capacidad de desaparecer en la niebla. Era el nombre que los deml mismo le habían dado en la prisión de alta seguridad de donde venía, antes de que lo enviaran a este lugar más pequeño por una razón que nadie sabía.
Y ahora los presos comunes de esa cárcel sabrían por qué.
Fue rápido. Fue brutal. Fue hermoso como solo la violencia necesaria puede ser hermosa.
El Tanque, que había esperado un avance de fuerza bruta, no estaba preparado para lo que vio. No estaba preparado para ver a su pandilla, todos tipos duros que habían reinado en el patio durante años, y caer como moscas frente a ese hombre.
No lo estaba preparado para ver a Kenji Tanaka parado frente a él, sin un rasguño en el cuerpo pero con el rastro de batalla en sus ojos.
—Sabes qué —dijo Kenji, cansado pero sonriente—, tu hermano y sus compinches hacen esto mucho más grande de lo necesario. En el lugar de donde vengo, ni siquiera tendríamos una pelea. Serías historia.
El Tanque quería retroceder, pero estaba rodeado por su propia inercia, por su propia orgullo, por el hecho de que había provocado esto y no podía simplemente rendirse. Muchos hombres lo miraban, esperando que hiciera algo.
Y el miedo de perder la cara pesaba más que el miedo de morir.
—Todos ustedes, al ataque —gritó, con una voz que ya no tenía autoridad.
Quince hombres yacían en el polvo del patio.
Solo quedaban El Tanque y dos más.
Kenji tiró la barra de acero al suelo, donde rodó con un sonido metálico. No porque estuviera desarmado, sino porque ya no la necesitaba. Abrió las manos, separó los pies, adoptó una postura que parecía débil pero era más mortal que cualquier arma.
—¿Ahora vas a pelear tú mismo? —dijo, burlón—. Vamos. No te tengas pena. Estoy cansado, es tu oportunidad.
El Tanque rugió y por fin cargó.
Fue su último y peor error.
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