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Sabías que la historia no había terminado, y esa chispa de curiosidad te trajo hasta aquí, justo donde el silencio se vuelve más estruendoso.

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“Siéntense, porque esto no ha terminado”, dijo Don Rafael, con la voz tan serena que helaba la sangre. Nadie en ese gimnasio privado se atrevió a respirar. Los testigos, empleados de la mansión que habían llegado corriendo al escuchar los gritos, se apretujaban en la entrada, con los ojos desorbitados y el corazón golpeando contra sus costillas.

La mujer, Valeria, aún temblaba en el suelo. Su vestido de seda color esmeralda estaba arrugado y manchado de lágrimas y maquillaje corrido. A su lado, el hombre —un joven instructor de CrossFit que Don Rafael había contratado un mes atrás— se retorcía de dolor, sujetándose el hombro donde la bala había rozado su piel, dejando un surco rojo y humeante.

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Pero Don Rafael no había venido a matar. Aún no. Cuando desenfundó esa Colt .45, todos creyeron que el infierno se desataría. Sin embargo, el hombre maduro, de ojos grises como la tormenta y manos que habían trabajado la tierra antes de comprar medio pueblo, hizo algo que nadie esperaba.

Guardó el arma.

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