Seguimos la historia exactamente donde la dejamos…
El silencio en la oficina del director era tan denso que se podía cortar con las manos.
Valeria tenía la mano apoyada con firmeza en el borde del escritorio, y su voz no era una pregunta. Era una orden.
—Mire, señor director — dijo ella — usted sabe perfectamente que no fue así. Yo tengo veinte testigos que vieron a ese tipo escupirme y provocarnos. Y también tengo el video del circuito cerrado que usted tiene en su oficina pero que no quiere mostrar porque sabe que le va a complicar el día.
El director parpadeó lentamente.
—No creo que tenga idea de…
—Tuve tres años de clases de derecho antes de dejar la universidad para trabajar — lo interrumpió ella sacando de su bolso un teléfono celular destartalado—. Y conozco bien la ley penitenciaria de este estado. Usted tiene 48 horas desde un incidente para presentar un informe disciplinario completo, incluyendo toda la evidencia de video. Si yo no fui detenida ni fichada como infractora, entonces cualquier sanción que usted quiera aplicarme se cae en el tribunal administrativo antes de que le tomen el pulso.
Gabriel se quedó sin aliento. Jamás había escuchado hablar así a Valeria. La misma mujer que lloraba en sus cartas cuando nadie la miraba. La que hablaba en susurros durante las visitas, la que ninguna vez lo había visto tan fuera de sí como para responderle, ni siquiera por teléfono.
El director abrió la boca, la cerró, y la volvió a abrir. A El Martillo se le borró la sonrisa de la cara.
—¿Qué… es que usted es abogada? — balbuceó el director.
—No lo necesito — respondió Valeria guardando el teléfono en su bolso—. Necesito un funcionario que cumpla la ley. Y necesita una evidencia que muestre quién fue el provocador. La tengo. La vi en la cámara del punto 7, encima de la puerta de módulo C. No es que yo sea abogada — añadió con una sonrisa que nunca había mostrado en el patio—. Solo es que usted no es el único que aquí sabe usar la tecnología para su beneficio.
El Martillo dio un paso hacia ella.
—¿Con quién chuchas crees que estás hablando? — dijo con un gruñido bajo, usando el tono que hacía temblar a sujetos más grandes que él en la celda común.
Valeria giró lentamente la cabeza hacia él. Sus ojos se posaron en él como un rayo láser.
—¿Y dime algo, “Martillo”? — mordió el apodo como si fuera una amenaza— ¿Cuánto le pagaste al guardia que estaba en la puerta este mediodía para que hiciera la vista gorda con la paliza que le dieron al pelao de la celda 11 la semana pasada? Porque eso también quedó grabado, ¿o me equivoco?
El Martillo puso una palma sobre el escritorio del director. Su forma de apretar la madera hizo que el director tragara saliva.
—Usted está hablando de cosas que no sabe — silbó hacia ella.
—¿De verdad? — respondió ella, y sacó su teléfono de nuevo—. Entonces aquí no hay ningún problema en que le muestre al director el mensaje que me envió una de las enfermeras del área médica, ¿verdad? Lo que vieron cuando le curaron las costillas rotas al chico de la 11.
Las palabras quedaron suspendidas. Gabriel sintió que se le aflojaban las rodillas.
Y entonces, en la milésima de segundo que transcurrió entre esa frase y la siguiente, todo se desató.
El Martillo dio una estocada hacia el bolso de Valeria.
Gabriel se movió antes de pensar. Se interpuso entre ellos, bloqueando el brazo del Martillo con una técnica que aprendió en los primeros meses cuando todavía tenía esperanza de salir rehabilitado. Pero el Martillo no estaba solo. Su abogado se abrió paso, y al hacerlo, accidentalmente o a propósito, golpeó el teléfono de Valeria con el codo.
El aparato salió volando, rebotó contra la pared y cayó al suelo con un crujido de plástico que sonó como un hueso partiéndose.
El silencio que siguió fue tan profundo que Gabriel pudo escuchar su propia sangre corriendo en sus oídos.
Valeria se agachó lentamente y recogió los restos. La pantalla era una telaraña de grietas. Trató de encenderlo. No respondió.
Un minuto entero de silencio.
Después, ella levantó la cabeza, y el patio donde había desafiado con coraje a ese monstruo parecía un juego de niños comparado con lo que ahora reflejaban sus ojos.
—Me da igual — dijo con una calma aterradora—. Ya hice una copia del video y la guardé en mi correo electrónico. Esta misma tarde se la mandé a mi prima, que es periodista del diario local. Si ustedes creen que romperme el celular arregla las cosas, recién me están subestimando.
El director se llevó las manos a la cabeza.
El Martillo la miró con una mezcla de furia pura e incredulidad.
—Usted no sabe con quién se está metiendo — murmuró.
—No — sonrió ella, sacudiendo el pelo—. Sé exactamente quién eres. Eres el mismo que lleva meses abusando de los presos más débiles, que controla las visitas con mano dura, que extorsiona a las familias con el precio de un paquete para la celda. Me lo contaron cada una de las esposas que esperan afuera, mientras tú te crees rey de este lugar.
Y mirándolo fijamente a los ojos, pronunció la frase que lo cambiaría todo:
—Y esta visita no ha terminado. Voy a hacer que cada una de tus víctimas reciba la justicia que merece.
—
Las puertas de la oficina se abrieron de golpe. El Gringo entró acompañado de dos guardias más.
—¿Qué está pasando aquí? — rugió, viendo los fragmentos del teléfono en el suelo y al Martillo con los puños apretados.
Gabriel respiró hondo. Tenía un sabor metálico en la boca — el sabor de la adrenalina y de una incipiente esperanza que no se atrevía a nombrar.
—Nada, señor — dijo el director, poniéndose de pie—. Solo estábamos aclarando un malentendido. El señor Martillo se iba ya. Y este preso… — pausó, mirándolo con una mezcla rara de respeto y miedo— …este preso se va a su celda. Sin sanción.
Gabriel apretó la mano de Valeria.
Ella le devolvió el gesto. No sonrió. Pero sus ojos dijeron lo que ninguna palabra podía: la batalla recién comienza, y ya sabemos quién va a ganar.
Descubre el final completo tocando el siguiente botón 👇
0 Comments